La Maza de Moluk-Valk

La luz de la antorcha, apenas me permitía observar la profundidad de la cámara central. Tras muchos días de viaje, ya estaba allí. Parecía que, por fin, acabaría con aquella leyenda. Todo empezó cuando aquel tendero de Brond Brondy, me quiso vender aquella espada rota. Le dije que no jugase conmigo si quería mantener el negocio. Creo que mi amenaza surgió efecto y el tendero cambió su tono.
No era para menos. Mi reputación como asesino era más que conocida en la zona, y a pesar de mi discreción, mis rasgos de Elfo Oscuro me delataban con frecuencia. Tampoco me preocupaba mucho, porque no era la primera vez que a la milicia de un pueblo le interesaba hacer la vista gorda conmigo. Yo lo llamaba un simple “pacto de caballeros”, si aceptamos por caballeros a un capitán de la guardia corrupto y a un asesino sin nada que perder.

Altas Montañas

En cualquier caso, aquel tendero de ojos grandes y cara de luna, me habló de La Maza de Molug-Valk. Según le habían explicado, tenía el poder de quitar la vida fácilmente, a la vez que se la daba a su amo. Pero no sabía dónde encontrarla exactamente. Había oído que podía encontrase en el Túmulo de Khorgandker, cerca de las Altas Montañas, al norte de la región. Me dio un mapa con unas marcas de cómo, supuestamente, acceder al túmulo, pero la ubicación concreta seguía siendo un misterio.
Tras varios días de viaje, noches al raso y algún que otro altercado típico en la zona encontré el Túmulo de Khorgandker. No había forma aparente de poder entrar, pero gracias al mapa con las indicaciones del tendero, pude acceder a través de una raíz seca de un gran árbol, que en realidad ocultaba un agujero por dónde deslizarse hacia abajo. Una vez dentro, no esperaba un buen recibimiento, pero la cantidad de no muertos que tuve que matar para poder avanzar, bien deberían valer su recompensa.
El acceso hasta la cámara principal no había sido un camino de rosas, ni mucho menos. Entre no muertos, algún que otro regresado y un par de visires del túmulo, mis reservas de pociones curativas y ungüentos se habían visto mermadas. Pero daba igual. En cuanto saliese de estas frías paredes con La Maza de Molug-Valk en mi poder, podría descansar en el primer pueblo que encontrase, vender algunas reliquias que llevaba y continuar mi camino a la Nada.
Poco a poco, fui entrando en la cámara principal. Apagué la antorcha y lancé Luz de Vela, que me permitiría tener suficiente claridad y las manos disponibles para cualquier posible amenaza. Porque, a pesar de que me había convertido en un asesino de profesión, mis artes comulgaban más con la magia de destrucción e invocación, y porque no decirlo, con algún que otro “trato” con otras artes arcanas. También había desarrollado la habilidad del acecho y el ataque a traición con un golpe certero de mi daga de cristal, pero para una situación de peligro prefería tener mis manos libres para conjurar.
La cámara principal tenía una forma elíptica y un único nivel. Aparentemente, no apreciaba amenaza alguna, por lo que sólo había un camino. Dirigirme al cofre ubicado en el centro de la sala. Con más ansía que prudencia, estaba a punto de encontrar el mítico quita vidas que tantas leyendas había evocado. La Maza de Molug-Valk había sido forjada por el mismísimo Khorin, el Rey Enano de la Forja, para su hermano Thorin, Rey de los Enanos en la Primera Era. El nombre, Molug-Valk, hacia honor a los dioses enanos Molug, Dios de la Guerra y Valk Dios de la Forja. Tras la caída de la Casa de Thorin, la maza estuvo mucho tiempo desaparecida, hasta que un guerrero de las tierras del norte, causó terror entre los Felmar, defendiendo a los Molthar, la otra gran familia en la “Guerra de los cuatro Vientos”, durante la Segunda Era. El guerrero en cuestión era conocido como Verrek Robaalmas, por su habilidad para convertir a sus enemigos en cuerpos sin almas con un simple golpeo de la maza. Pasaron los años y tras la muerte de Verrek, se le volvió a perder la pista a La Maza de Molug-Valk. Sin embargo, en la Tercera Era, con la invasión de los no muertos, el Rey Visir de los Regresados y líder de estos, acudía a los combates con una maza que por descripción coincidía con Molug-Valk. No obstante, todo esto eran leyendas o historias de bardos, que poco tenían de realidad.

Túmulo de Khorgandker

Antes de abrir el cofre, me aseguré que no hubiese ninguna trampa vinculada al cierre. No sería la primera vez que casi pierdo la vida por una “mala gestión” abriendo cerraduras, y a decir verdad, ahora no estaba para correr riesgos. Incluso así, abrí el cofre lentamente y con sumo cuidado. En ese preciso momento, todas esas historias, leyendas o canciones de bardos, carecían de sentido, porque ante mí se encontraba La Maza de Molug-Valk y en cuestión de segundos sería mía.
Tenía un color verdoso, debido a su materia prima, el cristal. En cuanto la cogí, su verde oscuro se tornó un poco más brillante por unos segundos. A pesar de la antigüedad de la maza, su diseño se mantenía intacto. En la parte inferior de la empuñadura unas letras enanas que no entendía, daban el empaque merecido a la leyenda de La Maza de Molug-Valk. Finalmente ya era mía, así que decidí emprender el camino de salida del túmulo. Pero algo no iba bien. La Maza de Molug-Valk pesaba demasiado para poder llevarla en mi inventario. No pensaba dejarla, después de todo, así que vacié mi mochila allí en medio y empecé a desechar cosas “prescindibles”. A saber, cuatro pociones de curación, cinco pociones invisibilidad, seis pociones de mejora de destrucción, tres pociones de resistencia a la magia, resistencia al fuego, a la escarcha y al rayo, unos brazales de resistencia al veneno, doce gemas del alma, cuatro lingotes de oro,… y así hasta dos calabazas para guisar.
En fin, lo importante era La Maza de Molug-Valk, así que todo lo que había desechado, se quedaría en la cámara principal de aquel túmulo, aunque siempre podría volver a buscarlo. Abandonando ya aquellas paredes rocosas y con olor a mugre, salí a la superficie, orgulloso de mi conquista y esperando ansiosamente una oportunidad para comprobar su poder. No tardó mucho en llegar y bajando por una ladera de la montaña, un oso polar se dirigió hacia mí. No quise sacar ventaja con algún hechizo que ralentizase los movimientos del oso, porque en mi mano derecha blandía La Maza de Molug-Valk y eso era más que suficiente para acabar con el oso polar.
Cuando el oso estaba lo suficientemente cerca, invertí todas mis fuerzas para golpearlo fuertemente con Molug-Valk. Ésta, mientras caía sobre la presunta víctima, describía su trayectoria con una luz verde brillante como muestra de su poder. Pero, lo que parecía una muerte segura para el oso, se convirtió en un sudor frío que recorrió todo mi cuerpo. Cuando lo entendí todo, ya era tarde, y sólo pude ver como aquel oso se marchaba al comprobar que su víctima apenas respiraba.
Mi pericia en el manejo de armas pesadas era nula y esa fue mi condena. Fallé mi ataque y el oso, se limitó a rajarme el cuello con un certero zarpazo. Mi soberbia, por no querer utilizar la magia y confiarlo todo al poder de Molug-Valk, hizo el resto. Paradojamente, mientras agonizaba, me acordé de las pociones de curación que había dejado en el túmulo, a cambio de Molug-Valk, que nuevamente vagaría sin dueño. Eso sí, este último dueño no sería recordado en las canciones de los bardos del lugar.

Nota: Cualquier parecido con cualquier experiencia en cualquier juego de rol, es pura coincidencia.

2 Respuestas a “La Maza de Moluk-Valk

  1. 317words 15 febrero, 2012 en 9:46

    No he podido evitarlo: cuando ibas a abrir el cofre, la musiquita de Zelda ha sonado de fondo en mi cabeza. XD

    Por otra parte, ahora se entiende ese pequeño lapso de tiempo sin postear por el blog: estabas reptando por cavernas malolientes infestadas de no-muertos para conseguir la Maza de Molug-Valk. (Que sigo sin entender por qué tanto enlace a la entrada dentro de la propia entrada. Tendrás tus razones, pero no las entiendo… XD)

    La verdad es que no sé muy bien si es un relato basado en hechos virtualmente reales o qué, porque sin haber tocado Dragon Age ni Skyrim, seguro que me pierdo más de una referencia a algo. Aún así, he disfrutado bastante la historia como tal. ^__^

    He de decir, no obstante, que el final se veía venir. I mean… tradicionalmente, todos los malos del final sufrís del mismo mal: la arrogancia.

    “Oh, soy el malo más poderoso. Si quisiera podría destuirte en segundos, porque tengo un poder inimaginable. Pero mejor me voy, para que te hagas más fuerte y me derrotes en el futuro.” Y así pasa luego, que llega cualquier héroe emo o cualquier oso polar y ¡zasca! Se pasa el juego.

    (Vaya sartá de tonterías que acabo de soltar; no me lo tengas muy en cuenta, es cosa de la falta de oxígeno en el cerebro por la mañana temprano…)

    • El Malo del Final 15 febrero, 2012 en 19:03

      Podría decirse que, efectivamente, he estado vagando por mazmorras variopintas, aunque nada que ver con lo que imaginas…

      Lo de repetir el enlace, digamos que es automático aunque podría evitarse. Y por último, estás en lo cierto, los malos del final suelen caer en su propia arrogancia. 😦

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